La cerveza artesana como reclamo publicitario

Parece que los astros se han alineado, porque en los últimos días estoy viendo en redes sociales cadenas de supermercados y links a medios grandes con tufillo a contenido patrocinado que tienen algo en común: hacen referencia a la cerveza artesana y hablan de grandes fabricantes. Parece que las marcas están aprovechando el tirón que tiene lo artesano y etiquetando algunas de sus gamas especiales o ediciones limitadas de esta manera.

Esto no ocurre sólo en la cerveza; por ejemplo, hay marcas de yogures que se venden como “artesanos” y que tienen un volumen de producción y una red de distribución como para abastecer a diario a varias cadenas de supermercados. El problema, en general, es la regulación a la hora de delimitar claramente qué es artesano y qué no.

En diciembre de 2016, se actualizó la regulación de la cerveza en España. El texto incluía la siguiente definición de “fabricación artesana”: “Elaboración conforme a lo establecido en la presente norma de calidad, mediante un proceso que se desarrolle de forma completa en la misma instalación y en el que la intervención personal constituye el factor predominante, bajo la dirección de un maestro cervecero o artesano con experiencia demostrable y primando en su fabricación el factor humano sobre el mecánico, obteniéndose un resultado final individualizado, que no se produzca en grandes series, siempre y cuando se cumpla la legislación que le sea aplicable en materia de artesanía”.

Según este criterio, las ediciones limitadas en cuya elaboración ha intervenido un maestro cervecero serían artesanas. Si queremos ampliarlo un poco más, ni siquiera se especifica qué se consideran “grandes series”. ¿Es legal etiquetar ciertas cervezas como artesanas? Sí. ¿Es honesto? No mucho, pero tener estos productos “innovadores” en cartera contribuye a la imagen de marca.

¿Qué criterio seguimos?

A la hora de hablar sobre cerveza artesana, se suele mirar hacia Estados Unidos. Pero tenemos un ejemplo más cerca, dentro de la Unión Europea, en Italia, que fija tres criterios para considerar artesana a una cervecera: independencia empresarial (legalmente, económicamente e instalaciones separadas), volumen de producción (200.000hl/año, el tope que contempla el marco de la UE) y proceso de fabricación (sin pasteurización ni microfiltración).

De momento, la fiscalidad es lo único que traza una línea clara entre cerveceras en nuestro país pero no les pone “apellido” y se fija únicamente en el volumen de producción. El primer reconocimiento legal a las pequeñas cerveceras llegó a finales de 2018, con el Real Decreto que modificaba la regulación de los impuestos especiales. El umbral se estableció primero en 5.000 hectolitros anuales y luego se elevó a 50.000, una cifra que sólo superan las seis grandes: Mahou San Miguel, Heineken, Damm, Hijos de Rivera, Compañía Cervecera de Canarias y Grupo Ágora.

Con lo que tenemos, sólo podemos distinguir entre grandes / pequeñas (según el criterio de Hacienda) e independientes / no independientes (algo tan objetivo como si tienen participación de terceros). La etiqueta “artesana” seguirá siendo un término vago, difuso y de uso prácticamente libre hasta que no haya una regulación estricta.

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